Pese a la resistencia de muchos amantes del vino, la tapa rosca ha logrado ganar terreno con éxito en la industria del vino. Sin embargo, sus beneficios y la practicidad que ofrece parecen aún no ser suficientes para vencer el prejuicio y el miedo del consumidor, quien muchas veces la rechaza asumiendo que daña la evolución del vino ya embotellado, o que le resta calidad a este. Por eso, repasemos algunos de sus mitos y verdades.
La primera barrera es, quizá, el ritual del descorche, el cual forma parte de la experiencia. Sin embargo, no siempre este es un ritual placentero: el corcho se puede romper, puede tener TCA (un hongo que afecta al corcho y genera sabores extraños en el vino), o simplemente podemos encontrarnos sin un descorchador a la mano, lo cual es muy irritante. Es aquí donde la tapa rosca toma notoriedad ya que no solo protege la calidad del vino, sino que simplifica su consumo, sobre todo si estamos en la playa o un sitio remoto.
Por otra parte, muchos piensan que la tapa rosca le quita propiedades al vino, pero es falso. Estas cuentan con sistemas desarrollados exclusivamente para la industria, los cuales preservan de manera muy efectiva las cualidades del contenido, las mismas que un enólogo íntegro no arriesgaría que se pierdan antes de llegar al consumidor.
Actualmente, muchas marcas se encuentras empleando la tapa rosca como una solución práctica y muy beneficiosa para sus consumidores. Este tipo de tapa se suele usar en vinos varietales o jóvenes, ya que mantiene de forma óptima todos sus valores, mas no en vinos reserva donde el corcho ha demostrado una mayor efectividad respecto a guardas prolongadas.
En Viñas Queirolo ya hemos comenzado nuestra apuesta por esta alternativa con algunos de nuestros varietales, como el Intipalka Sauvignon Blanc de 375 ml, el Intipalka Chardonnay de 750 ml y el Santiago Queirolo Borgoña de 375 ml. Siguiendo esta línea, en el futuro pensamos extender la tapa rosca a más productos de nuestro catálogo.